Mi hijo pega: ¿qué hago?
En un niño pequeño pegar suele ser un hueco de comunicación más que un problema de agresividad: el que no puede decir lo que quiere ni bajar la emoción cuando se le frustra, usa las manos. La agresión física llega a su máximo hacia los dos o tres años y baja con el lenguaje. La respuesta tiene tres partes: parar el acto de inmediato y con calma, nombrar la emoción y después enseñar la palabra o la alternativa. Decir «no se pega» no basta porque no dice qué hacer en su lugar.
Leer el artículo¿Por qué miente mi hijo?
En preescolar mentir no es un fallo moral sino un hito cognitivo: el niño acaba de descubrir que lo que él sabe y lo que tú sabes pueden ser distintos. La mayoría de las mentiras a los tres o cuatro años son imaginación mezclada con realidad, o un intento de evitar el castigo. La distinción útil no es si miente sino para qué: la mentira que evita castigo baja cuando baja el castigo, y la que busca atención baja cuando la atención llega por otra vía.
Leer el artículo¿Cómo poner límites a un niño?
Un límite que funciona tiene tres rasgos: son pocos, se conocen de antemano y son iguales cada vez. Lo que determina su fuerza no es el volumen ni la dureza del castigo, sino la coherencia: una norma que cede cinco veces y se aplica a la sexta enseña que insistir funciona, no que la norma funciona. Además, la forma más fácil de poner un límite no es una prohibición sino una elección: ofrecer dos opciones que tú aceptas reduce el conflicto de forma notable.
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Conducta y límites
Poner límites, manejar mentiras y golpes, y por qué el castigo no enseña.